Te quiero mucho…
Como la trucha al invertebrado blando.

Detritus neuronales publicados para su reciclaje. Neuroecologismo desde 2002.
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Si existe una divinidad en la que *haya* que creer y esa divinidad es buena y misericordiosa, entenderá perfectamente no sólo que yo no crea en ella, sino incluso que crea que no existe.
Es más, le parecerá una buena idea que haya decidido dejar de planteármelo hace ya mucho para poder perder ese tiempo que he ganado en cualquier otra paranoia.
Si por el contrario la ira de esa divinidad es infinita, como nos la pinta San Pablo, no se merece que se la tenga en cuenta ni para las blasfemias.
Y si es tanto misericordiosa como iracunda… Pues menuda divinidad: podía ser mi vecina. La invito a café y Santas Pascuas.
Yo soy lista en la intimidad.
Tengo que conseguir el nivel óptimo de estrés para no sentir nada…
Si me pongo a hacer algo, me parece que estoy haciendo algo, y entonces siento que no debería estar estresada y me agobio por no tener razones para agobiarme…
Así ya tengo razones.
Tienen algo que decir: